Por: Adriana González Marín
Imagina que es una mañana como cualquier
otra. Despiertas, te levantas, tomas una ducha, te preparas para partir a un
día más de trabajo. Lo imaginas rutinario, sabes que tu tiempo se irá en
retroalimentar a tus colaboradores, ver a tus clientes, platicar con tu jefe,
en general lo que has venido haciendo durante algún tiempo.
De pronto, un dolor inesperado invade tu
cuerpo y tu día da un giro de 180 grados. Por lo que en lugar de ir a la
oficina, te ves en la necesidad de solicitar permiso y acudir al médico.




